El Museo del Carlismo de
Estella se va implantando y ha salido de sus muros organizando una actividad de
historia sobre el terreno guiada por José María Ocáriz. El tardío estío de
finales de septiembre nos acompañó en la exitosa excursión –más de 60 personas
de todas las edades- por los restos de los reductos liberales situados en la
zona montañosa que hay entre Lorca, Cirauqui, Oteiza y Villatuerta.
Un reducto es una construcción
militar donde una pequeña guarnición del ejército establecía vigilancia y
resistencia muy cerca o adentrados en el territorio enemigo. Esto es lo que
hizo el ejército liberal después de su fracaso en Lácar, en febrero de 1875. El
primer reducto lo situaron justo encima del pueblo de Lorca y lo llamaron
Marqués del Duero, en recuerdo al desafortunado General Concha. Esta
construcción, parecida al resto, disponía de muros aspillerados, caponeras,
barbetas, glacis y estacadas.
El segundo reducto, el de más
importancia, lo construyeron en la ermita de San Cristóbal de Cirauqui donde ya
había dormido y pasado algún apuro Alfonso XII durante la famosa batalla de
Lácar. En este lugar, el más alto de todos, los liberales colocaron un
telégrafo óptico que por medio de señales luminosas comunicaban con Oteiza,
éstos a su vez con Larraga, Miranda de Arga y así hasta Tafalla desde donde
había línea directa a Madrid. Las comunicaciones y la información durante la
guerra fueron determinantes en el final de la contienda, aunque fueran a base
de rudimentarias señales ópticas recibidas con catalejos ya que los carlistas habrían
cortado cualquier cable entre estos puntos.
Más interesante todavía resultó
la tercera construcción en visitar, el reducto Princesa de Asturias conocido
popularmente como hospital carlista aunque nunca fue carlista y menos hospital.
De difícil acceso y con una insólita planta en cruz, es el único reducto que
permanece intacto ya que los otros se desmantelaron al final de la guerra. Y
por último, recorriendo un buen trecho de la Cañada Real de Tauste a Urbasa
llegamos al mítico Mauriáin, al que los liberales llamaron Cáceres en recuerdo
al heroico batallón que resistió allí en la retirada de la noche de Lácar.
Desde Mauriáin los liberales veían de cerca su anhelada Estella a la que
atacaban con doble carga en los cañones para llegar a sus calles. Desde aquí la
representaban en grabados que mostraban en Madrid como trofeos que la gente
admiraba con regocijo por el avance del ejército y su aproximación a la ciudad
rebelde.
Estos parajes olvidados de Montesquinza
tuvieron tanta importancia en la época que incluso les dedicaron una calle en
el centro de Madrid. En la imaginación nos queda cómo pudo ser la vida en un
Montesquiza habitado por miles de soldados trabajando en grandes obras de
ingeniería y estrategia militar, con el suministro de víveres y pan desde los
grandes hornos construidos en zona segura como era Oteiza y con un mercado
semanal que se organizaba para las tropas dentro de aquel territorio. Toda una
ciudad con pabellones de gobernadores y oficiales, almacenes, cocinas,
letrinas, enfermerías y blokaus o búnkeres, salpicada por balsas donde tomaban
el agua y surcada por rutas de carretas hacia el sur en busca de material
bélico, de construcción, valijas y cartas. Hoy este solitario valle está
reducido a campos de cultivo, palomeras y un monte bajo repleto de encinas y
robles tan crecidos que cuesta creer que en aquel enclave formado entre los
cuatro reductos, hace menos de 150 años, no quedó ni un solo árbol por la
necesidad de leña para la dura vida de los combatientes.
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